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jueves, 12 de abril de 2018

Mi amigo el Narco.



En los años 80´s era muy normal tener algún conocido o amigo que tuviera alguien metido en el cartel de Cali o que fuera narco simplemente. En muchos casos uno mismo tenía alguien cercano, consiente o inconsientemente, que estuviese metido en ese campo, ya sea amigo, vecino, familiar o conocido.
Yo vivía en Palmira y para ese momento era estudiante del bachiller, dependía de mis papás y estaba en la adolescencia. No recuerdo en qué momento empezó todo, pero si me di cuenta de aquel riquito, como le decían, que empezó a ir en su carrazo; una camioneta grande polarizada. Este muchacho de una edad mayor a la mía por 3 o 4 años solía ir con los grandes del barrio, con los que estudiaban en el Cárdenas, el Rafo y colegios públicos donde era normal ver a estudiantes de la calle viviendo en un ambiente de clase media y en donde ellos tenían harta experiencia en la vida de la calle. Un ambiente que no era el mío por ser yo hogareño, en cierta forma y por la educación de mis papás.
Con el tiempo oí, de los amigos del barrio, que el riquito siempre los invitaba a salir; a un balneario, a beber, a cine, a comer, a dar una vuelta a Cali y así, siempre gastando. De ahí a que cuando él llegara al barrio fuera bien recibido por un grupo grande de supuestos amigos que solo esperaban una de esas salidas costosas a cargo del riquito.

Era un tipo que ya había terminado estudios escolares. Me llevaba 3 o 4 años de edad. Era bastante pinta, atractivo para las mujeres, era educado lo cual me sorprendía que estuviera como amigo de los más gamines del barrio, de los menos hijos de mami o papi, caseros que pedían permiso para salir y no como ellos que salían cuando les daba la gana. Su ropa era de marca, eso envidiaban los que le rodeaban. Decía que compraba solo en almacenes finos como Hommo y Chiro´s de Cali y hasta en Nueva York. Sus zapatos se veían nuevos. Zapatos Nike, Apache o sencillos, pero de clase. Ese muchacho llamaba la atención con su presencia y es que brillaba entre ese combo.
Así transcurrió un tiempo y ya era conocido en el barrio, pero poco a poco esas salidas empezaron a dejar de ser. Hablaba con todos, saludaba a todos, era un joven educado, parecía de buena familia. Solía ir a la panadería del barrio, ahí frente al parqueadero donde yo solía ir a comer pan con Colombiana; la panadería del gordo Héctor. Nos saludábamos, intercambiábamos algunas palabras. Eramos conocidos, él me conocía y me llamaba por mi nombre y yo por el de él, aunque se le conocía como el riquito. Ya, para ese entonces, él iba en moto; una Yamaha XT 500, una hermosura de moto con la que yo soñaba.

Cierta tarde de un Sábado estaba sentados frente a la panadería con dos conocidos que vivían en los barrios de al lado; Fátima y el Triunfo. Estábamos ahí mientras jugaban futbol en el parqueadero, cuando el riquito nos dice:
-          - Está bueno este día pa ir a pisciniar, ¿Si o no? –
-         -  Paga ese parche ir a Aguaclara – Le contesta uno de los que estaba a mi lado.
-          ¿Te animás, viejo Jason? – Me pregunta.
Esa salida estaba genial, pero mi problema siempre fue el dinero, no creo que me dejaran ir, ni que me dieran dinero para ello.
-          - No tengo plata, creo que ando con 100 pesos – Le dije.
Aunque hoy día 100 pesos no es nada ni se compra nada de nada, en aquel entonces creo que alcanzaba para ir y venir, más no para entrar y comer algo, pero 30 minutos después nos fuimos a Aguaclara en bus. Estaba a unos 3 kilómetros del barrio. Nadamos y jodimos hasta las 6:00 pm. ¡Qué bien la pasamos! Y que buena la picada que nos pidió el riquito.
Cuando me di cuenta éramos un grupo de 5 los que salíamos cada fin de semana y en vacaciones era constantemente. Había ya pasado mucho tiempo desde que lo vi saliendo con el anterior grupito del barrio el cual dejó casi a un lado. Habrían transcurrido un año o más desde aquel tiempo.

Una vez nos comentó de la inauguración de un asadero cerca al aeropuerto que estaba para pronto y que sería chévere ir. Alguien mencionó que ese sitio era caro por ser de los Rodríguez Orejuela del cartel de Cali, pero no lo creí. Nos invitó, pero por cosas de la vida no pude ir al igual que los demás. Pasada una semana de esa inauguración nos invitó a este asadero a conocer este sitio y de paso ver un partido que había ahí.
Al llegar, el sitio impactaba, era agradable a la vista y en el parqueadero se veían carros de lujo, algunos con vidrios polarizados. En la cancha de fútbol se veía gente de dinero y vi alguno armado. Las mujeres que había eran una cosa del otro mundo. Unos cuerpotes, unas tetas, unos culos, unas caras hermosas de ellas y ellos feos, algunos con cara de pocos amigos que intimidaba verlos, no fuera que se molestaran y nos metiéramos en problemas serios. No sé cómo sucedió, la cosa es que terminamos jugando un partido. Yo de arquero. Ni recuerdo si ganamos o perdimos.
Esa mañana debió jugarse 3 partidos o 4. Uno de ellos, el último, el más esperado. Los otros dos eran de media hora como en el que estuve. Era un ambiente de millonarios, de lujo y derroche. Recuerdo que mi amigo nos comentó antes de empezar el partido
-          - Muchachos, hacen falta jugadores, ¿Quieren jugar? –
-          - Listo- le dijimos.
-          - Necesitamos un arquero-
       - Tapo yo - me ofrecí.
Y nos cambiamos al uniforme. Estaba preparado para entrar a la cancha cuando veo al árbitro, en medio de los jueces de línea, sacar un arma automática y dar dos tiros al aire. Acto seguido me mira y yo me tiro al suelo boca abajo. Pasaron 10 segundos y no pasaba nada. No oí más disparos y yo seguía vivo. Alguien reía a carcajadas a lo lejos. Yo estaba asustado, no sé qué pasaba, pero ese tipo tenía un arma, creo que discutía con los jueces de línea.  Levanto un poco la cabeza y todo marchaba como si nada hubiese pasado. El riquito me miraba riendo. Al fondo había un gordo de gafas carcajeando mientras me miraba.
-         -  Fresco, guevón, que ese es el pito- Intentó calmarme.
¿Pito? ¿De qué hablaba? Miro a los árbitros y había uno sentado en el suelo agarrándose el estómago de la risa. Me costó entender que en vez de pito usaban una pistola.
Jugamos media hora. Creo recordar tapar un penalti. Empezamos a eso de las 10:00 de la mañana. Al terminar los otros partidos noté que apostaban entre ellos. Ya cambiados de ropa esperamos a un lado del parqueadero. Los ricachones empezaban a salir y algunos venían a mí y con palmadita de hombro me decían cosas como
-Bien, pelao-
- Vacano, guevón, me hiciste ganar buen billete-
- Bien, mijo, así se tapa-
  En esas estábamos cuando uno de nosotros, de los cinco del grupo, dice asombrado
-          ¿Esos que vienen allá no son los Rodríguez Orejuela? – Pregunta.
Y mirando al grupo que vienen pregunta uno - ¿Y esos quiénes son? –
-          Pues los del cartel de Cali – Le contestan.
Mi amigo el riquito alegre al reconocer a alguien entre el grupo que salía de la cancha dice
-        -  Si, ese es el patrón, Don Gilberto y Miguel. Espere se los presento –
-      - No, dejalos, no los molestés. - Casi le dije suplicando. No quería que lo molestara. Ni que fueran amigos.
Pero empezó a llamarlo a voces levantando la mano.
-         -  Don Gilberto, Don Gilberto – lo llamaba y yo cagado del miedo. No quería que lo molestara. Nos iban a matar solo por molestarlo.
Yo me le ponía al frente para que se calmara y no lo llamara
-          - No, no hagás eso, déjalo, marica- Casi llorando le decía-
Pero él seguía. Así que intenté ponerme detrás de él y hacerme el bobo para escapar. Al verle las caras a ellos veo a dos tipos mal encarados con cara de no tener amigos. Parecían ir escoltados por varios matones a sus lados. En esas el gordito de chivera mira a mi amigo que lo llamaba. Le lanza una mirada de odio. Me temblaba todo el cuerpo. Aún si quisiese correr no lograría ni caminar. Y creo que fue cuando lo reconoció que su gesto cambió a uno más amable. Acto seguido se dirigió hacia donde estábamos. Se estrecharon la mano y nos saluda a nosotros. Yo atrás de todos casi escondido fui sacado a la luz por el gordito de chivera; Gilberto quien tras el apretón de manos me dice
-          - Buena esa pelao, me hizo ganar dinerito –
Y nos presentamos todos. Ese tipo que no conocía a mi amigo le hablaba muy familiar, como si se conocieran de años. Y ese peligroso delincuente del cartel de Cali empieza a preguntarnos si estábamos bien, si nos habíamos divertido y lo que hacíamos en la vida.
Cada uno empezó a decir yo estoy en quinto, yo en cuarto, yo termino este año el colegio y lo que siguió jamás me lo esperé de un matón como ese tipo que estaba ahí frente a nosotros.
-Bien, pelaos, estudien. Estudien y prepárense en la vida- Nos aconsejaba Gilberto Rodríguez Orejuela, jefe del cartel de Cali.
No podía creer lo que escuchaba de su propia boca. Nos aconsejaba a estudiar un matón en vez de decirnos que hiciéramos plata como fuera, en vez de decirnos que si queríamos trabajar él nos daría trabajo.
-        -  Hay que estudiar, esa es la mejor herencia que le pueden dejar a ustedes sus papás –Terminó de decir como si fuera un padre preocupado por el futuro de sus hijos.
Cambió la imagen que tenía de este delincuente. Jamás imaginé que esto sucediera, nunca creí que un narcotraficante nos recomendara estudiar en la vida y prepararse.
Hablamos un poco más hasta que preguntó si teníamos hambre, nosotros respondimos que si e invitó a pasar a comer ahí dentro del asadero, pero yo no tenía dinero, eso se veía costoso. Nos pidió que esperásemos un momento mientras él volvía. Dos minutos después regresó y nos regaló de a billete de mil pesos según recuerdo. Era bastante dinero en ese año, final de los 80´s.
Pasamos al comedor y comimos todos. Había mucha gente y narcos, mujeres hermosas con sus cuerpotes deseables y tipos armados con rostro de asesinos. Tuve la oportunidad de repetir mi buen pedazo de filete de carne con Colombiana, aunque en un comienzo creí que teníamos que pagar la comida resultó ser gratis para todos.

Con el riquito seguimos saliendo, especialmente a balnearios de Palmira o a veces hasta a los toboganes de Pance en Cali. Para ese momento me era imposible quedarme un fin de semana en alguna de esas salidas ya que en casa era imposible conseguir ese permiso. No siempre podía salir con este grupo, ya que, aunque él siempre gastaba si veía que todos poníamos dinero, yo no siempre obtenía permiso en casa para salir. Tenía otros asuntos que solucionar como el ganar el año escolar y, en su momento, pasar a la universidad a estudiar algo rentable que me sirviera en el futuro, según decía mi mamá, pero yo estaba encaminado hacia el arte, quería ir a bellas artes a estudiar pintura, pero mi mamá no quería.
Fue un fin de semana que fuimos al lago Calima a una finca del patrón. Hubo una rumba del otro mundo. Se presentó un grupo de salsa de un grupo conocido. Antes de eso hubo una exposición de pintura en una sala de la casona y, por lo que vi, los artistas vendieron todo durante la exposición. Pinturas y algunas esculturas. Según lo que mi amigo me contó los expositores salieron ganando y pagados con casas y carros que habían ahí en el parqueadero, además de dinero en efectivo. ¡Cómo se movía el dinero entre ellos! A la noche el concierto de salsa y en una de las habitaciones había una mesa en el centro con un montículo de coca a la que iba el que quisiera inhalar un poco. Ya entrado el día siguiente en plena madrugada pudimos el grupo de 5 amigos conversar con Gilberto Rodríguez Orejuela. Quien empezó a preguntar qué queríamos estudiar y hacer en la vida. Uno de nosotros le dijo que quería ser como él. Gilberto lo mira y le dice que no, que primero tendría que estudiar para ser alguien en la vida, que para malandros ya estaba él y el otro (Refiriéndose a Pablo escobar), parecía aconsejarnos, aunque a la vez era contradictorio, puesto que la droga que él comerciaba perjudicaba a jóvenes como nosotros. Intentaba convencernos de seguir estudiando, si no podíamos en una universidad privada al menos en una pública, ya que muchas públicas se pagaba poco según lo que los papás ganaran.
Cuando me preguntó a mi le dije que quería estudiar pintura en bellas artes y me dio alegría inmensa cuando me dijo que era amigo de la directora, incluso que él podía hablar con ella para que me becara, pero primero tenía que terminar el bachillerato. No parecía un peligroso narcotraficante, nos hablaba tranquilo aconsejándonos como un padre a su hijo. De verdad que no parecía un enemigo de la sociedad. Era calmado, con su mirada seria al igual que su hermano Miguel, pero nos inspiraba confianza e insistía en prepararse en la vida, en estudiar. Esa noche salí de ahí ilusionado, ese narco me iba a ayudar a conseguir una beca para estudiar arte en el conservatorio de bellas artes de Cali, una ayuda que jamás llegó. Terminé el colegio y a través del riquito le envié razón para que me becara y no se pudo eso. Me fui a Bogotá a estudiar y cuando regresaba a Palmira en vacaciones me encontraba con él, esos sí que eran días. Mis papás se habían ido a otra ciudad a trabajar y yo podía salir días enteros de casa sin problema a disfrutar de la vida.
Esas vueltas a la sexta un Viernes o un Sábado eran inolvidables, ir a la perrada de Edgar, negocio del cartel de Cali o ir a un almacén a comprar ropa. Ir con sus amigas, oír la música que ponían en Todelar Stereo Cali mientras conducía en carro por toda la sexta y ver cómo a él lo trataban bien y los dueños de los locales le rendían pleitecía. Esa vida era la que yo quería, yo no quería depender de mis papás, no quería seguir siendo pobre, quería disfrutar de la vida, de mi juventud, viajar. Mi amigo tenía una calidad de vida impresionante. Para ese entonces eran ya los 90´s, año 91 o algo así. Aunque éramos un grupo de cinco reconozco que parecía tener preferencia por mí.
Por él, del cual ni recuerdo su nombre, solo el apodo del riquito, conocí a un grupo de paracaidismo donde hice mis primeros saltos. Un total de cinco hice. Y mucha gente, quizás relacionada al narco indirectamente.

Una vez en una finca cerca a Cali fui directo, en una conversación, con mi amigo después que confesamos el aprecio que sentíamos mutuamente. Era el año 93, creo recordar. Estábamos en el balcón del segundo piso, podíamos ver la piscina al frente y al resto del grupo en la parrilla del asador con la carne. Ya estábamos un poco hebrios y el riquito me empieza a contar su historia:
A sus papás los mataron junto con un hermano que era niño en ese momento y la cosa se quedó así. El se fue a vivir con su abuela a Cali, ya que él era de Tuluá. Su papá era un contable de Miguel, así que apenas tuvo oportunidad, habló con Miguel para que le diera trabajo con la finalidad de algún día vengarse de los policías que mataron a su familia. Empezó de muy abajo desde joven. Estaba terminando el sexto de bachiller cuando entró con ellos; contestando el teléfono y de mensajero principalmente, fue gracias a esas vueltas que conoció mucha gente quedando él como alguien que ponía cara a los jefes del cartel, fue como un relaciones públicas de los Rodríguez Orejuela. Aunque fue Miguel quien le abrió las puertas, más tarde pasó a estar al lado de Gilberto. El trabajo del riquito era esa especie de relaciones públicas, pero también de conseguir gente útil para ellos. Por eso a él lo apreciaba mucho la gente a donde iba, no importara que fuera a la sexta, a Aguablanca a donde lo llevé en la XT 500 o a Siloé. El riquito era conocido y se hacía querer. Tenía una forma de ser humilde, sabía usar las palabras adecuadas para decir las cosas y con las mujeres se llevaba de maravilla cosa que nunca me extrañó. Nunca lo vi discutir con nadie, aunque no quiero decir que no lo hiciera.
Ese era su trabajo con ellos. Recuerdo a un señor que pedía dinero frente al sándwich Cubano frente a Sears. Se le acercó y le preguntó para qué necesitaba la plata a lo que el indigente le dijo que para comer y dar de comer a su familia. Era un tipo de barba de unos 40 años, creo recordar. El riquito entró al sándwich Cubano, comimos y después pidió 10 sandwiches para llevar. Se los dio al hombre de la calle y le dijo.
- Quiero llevarte al lugar donde vivís y ver a tu familia si es cierto lo que me decís -
El hombre no quería, pero accedió a llevarlo con su familia. Lo subió en el carro y fuimos al río casi al lado de Bellas artes, donde había una choza hecha con cartón. Ahí había una mujer con gripa y tenían dos niños de unos 10 años que pedían plata en la calle. Eran gamines. La mujer se alegró mucho al ver la comida que traía el tipo y agradeció mucho. En su cara había una mirada de esperanza y agradecimiento.
Estuvo hablando un rato largo con ellos, preguntó si los niños estudiaban y contestaron que no, porque ni zapatos tenían. Les preguntó qué sabían hacer y él respondió que era campesino, él sabía todo sobre el campo, pero que fue desplazado por la guerrilla del Cauca y ella era costurera. Esa tarde de inicio de los 90´s esos indigentes salieron para un pueblo al norte del Valle a cuidar una hacienda. Tiempo después los volví a ver y no los reconocí, eran otros, parecían personas común y corriente. El riquito les había dado una nueva vida a cambio de nada, solo de cuidar una hacienda que no tenía nadie encargada de ella. Este mismo acto se lo ví a Gilberto una vez en la calle con uno que pedía dinero para comer. Le llenó una bolsa de perros.
El riquito era consciente de que en ese mundillo no habían amigos, que en cualquier momento podría ser traicionado y asesinado por alguno de sus compañeros, aunque gozase de la protección del jefe. El sentía un vacío profundo no tener a sus papás vivos y sentía odio por la justicia al no hacer nada por investigar ese caso. Los asesinos seguían vivos. Por eso llegó a mi barrio y a otros de Palmira, para hacer amigos, conocer gente y tener alguien en quien confiar y poder contar. Era como un impulso psicológico, lo veo así hoy día, de llenar el vacío que dejó su familia. Por eso hizo esos amigos en Caicelandia, mi barrio, por eso salía con ellos hasta que ellos empezaron a cogerlo del bobo del paseo, del bobo que pagaba sus caprichos y empezó a dejarlos poco a poco sin dejar de ir al barrio, le gustaba ese ambiente que había en ese lugar. No le gustaba que lo cogieran como el que pagaba todo, también quería ver que todos pagaran, pero no fue así. Era una relación hipócrita, a conveniencia y hasta le habían pedido prestado dinero que nunca le devolvieron. Y según decía, vio en mi un niño bien, un pelao de familia. Me probó ese día que fuimos a Aguaclara, un balneario cerca del barrio, camino a Pradera. Me apreciaba y me consideraba su amigo. Tanto era así que fui el único de los cuatro del grupo a quien le había contado eso, fui el único que lo había acompañado a los sitios donde los acompañé. A pesar de que para ese entonces yo estudiaba en Bogotá, nos veíamos en vacaciones.

No niego que me sentí especial de tener un amigo como el riquito. Yo ansiaba esa vida que tenía, quería trabajar con él y hacer lo que yo quisiera sin dañar a nadie. Yo quería salir, conocer gente, viajar, divertirme, pero no tenía dinero para esas cosas, no tenía nada. Dependía, en todo sentido, de mis papás. Cuando estudiaba actuación donde Ronald pasé hambre dura durante días, a mi me enviaban un dinero mensual para transporte y otras cosas que no siempre alcanzaba, me privé de demasiadas cosas. Mis compañeros de universidad y de la academia iban a la tienda a diario y comían lo que querían, pero yo ni eso podía hacer porque tenía contado el dinero, pero mi amigo eso no le preocupaba, el dinero a él le sobraba. Eso era justamente lo que yo quería y esa noche, mientras hablábamos estuve dispuesto a dejar todo por tener esa vida. Le pedí que me metiera a trabajar con él y su gesto, como respuesta, no me gustó. Pasaron varios segundos hasta que me dijo lo bravo que era ese ambiente, que él no me veía en eso. Que yo era tan buena gente que a mí me comerían vivo en cosa de días, pero le rogué, le supliqué que me metiera con ellos, que yo aprendía fácil. Que hoy mismo empezaba. Realmente en ese momento vi la cosa fácil, pero qué equivocado estaba. Lloré insistiendo, le di mis razones por las que deseaba trabajar con ellos, quería vivir bien, no tener las dificultades que tenía en ese momento, quería tener facilidad para muchas cosas y no estar machuchando la plata por miedo a descuadrarme en algo, cosa que solía sucederme. Me miraba con compasión, entendía mi situación, pero era mi amigo y me lo dijo
-          -Si vos fueras otro probablemente ni dudaría en meterte aquí a camellar, pero como sos mi amigo y te quiero como amigo no quiero verte aquí. Yo a vos te mostré lo bonito de este trabajo, pero esto es muy feo y eso es lo que no te he mostrado a vos –
Mi vida daba por trabajar con ellos, pero se negó y creo que hasta hoy día lo entiendo y debo agradecer.
-        -  ¿Qué te ha dicho Don Gilberto? ¿Qué es lo que siempre te insiste?- Preguntó.
Y sabía cuál era la respuesta – Que estudie –
Lloré. Odiaba mi vida, odiaba pasar dificultades por el puto dinero. Quería ser rico, salir, viajar. Tener una esposa hermosa de buen cuerpo que me amara y tantos sueños jamás cumplidos hasta el momento. Pero mi amigo me ayudó a no entrar en ese territorio.
Me contó que se había vengado de los policías, supongo que los torturó y mató. Me decía que tenía un dinero ahorrado para vivir bien el resto de su vida. Que quería abrirse de ese mundo e irse a una isla para vivir ahí. Creía que se refería a San Andrés. Era un tipo inteligente que pensaba en su futuro y sabía que su futuro no sería siempre con los del cartel de Cali.

Para el año 1993 mataron a Pablo Escobar. Me dijo que la cosa se complicaría para el cartel y que debían prever eso, cosa que ya lo estaba haciendo. Primero fue Medellín ahora irían por los de Cali, estaba preparando su posible ida del país, ya que a Miguel y Gilberto los estaban molestando el gobierno central y lo que menos quería el patrón era tener líos con la policía a quienes les tenía respeto, a pesar de todo. Para el año 94, cuando estaba ya en la Universidad estudiando Artes Plásticas, le perdí todo rastro al riquito. Ni señales de él y puede que fuera por dos razones; porque no quería implicarme o porque estaba muerto. Dios quiera siga vivo, relacionándose con la gente, viviendo bien.

Atrás quedó esa historia mía con alguien perteneciente al cartel de Cali, conocí directamente a Gilberto quien me pareció afable, buena gente a pesar de lo que hacía, amigable y hasta bondadoso, pero es cierto que yo solo vi lo bonito de ese medio y no lo real. Atrás quedaron las salidas a la sexta un viernes en la noche oyendo Todelar Stereo Cali, las idas a pisciniar, a comer al Sándwich Cubano o a la perrada de Edgar. Realmente no cambió solo para mí, la avenida sexta que era el lugar de encuentro de todos, la avenida más famosa del país por su comercio y por ser de una ambiente espectacular también murió cuando el cartel de Cali murió con la captura de los Rodríguez Orejuela. Cali cambió cuando desaparecieron los que la impulsaban. La gran diferencia que hubo entre los dos carteles es que los de Medellín querían imponerse mediante el terrorismo, querían tener su escuadrón militar imponiendo respeto para poder hacer lo que quisieran mediante el miedo, pero los de Cali querían hacerse amigos de todos y fue lo que lograron, ellos no usaban la fuerza, eran amigables con todos. Es cierto que cuando tenía que ponerse duros lo hacía y si era matar lo hacían, pero era mejor ese ambiente con el cartel de Cali que con los de Medellín.

No sé dónde andará mi amigo o si viva o no. Queda en mi recuerdo. La vida da muchas vueltas y a veces me sorprende, aunque diga que ya nada me sorprende en la vida. Hoy día vivo en Madrid. Sigo con dificultades económicas intentando hacer lo que me gusta en mi medio; el mundo audiovisual, parece que lo estoy logrando, a pesar de que aún no vivo de ello. En el verano del 2017 me llamó mi manager, Andrea rey, para ir a un casting en Galicia para una serie sobre el narcotráfico en Galicia, pero que este casting se haría allá y yo debía costearme el viaje. Acepté porque si era sobre narcos tenía muchas opciones de pasar, pues en mi región (El Valle del Cauca) muchos estuvimos muy en contacto con ese mundo. Fui, presenté casting y gustó, al menos eso dijeron. Meses después estuve grabando en Galicia interpretando a Gilberto Rodríguez Orejuela con el que no tengo ni el más mínimo parecido físico, me parecía más a Matta Ballesteros que fue el personaje que interpreté en el casting que al patrón. Fue gracioso, pues lo conocí, hablé con él. También fue un honor aunque mi aparición en la serie fue corta y muy a pesar de que no me parezco al gordito de chivera.




jueves, 30 de marzo de 2017

BELKIS, MI VACA HERMOSA.



Mi primer trabajo fue en el colegio la Presentación Luna Park de Bogotá, entré como profesor de teatro a este colegio femenino y, de paso, de monjas. No tenía experiencia como docente, pero en la entrevista dije lo contrario, no esperaba pasar, pero la monja, la hermana Ana Elizabeth Solano Mariño, me recibió en el año 98.
Y así inició mi experiencia como profesor, con ciertos inconvenientes míos a la hora de enseñar a las estudiantes, ya que no solo no tenía la experiencia, sino que los antiguos profesores de teatro enseñaban mal, según vi. Este tipo de materia suele ser poco importante y menos valorada que Matemáticas, Química, Física, etc.
Tenía todo el bachillerato, impartí mis conocimientos adquiridos en la academia de Ronald Ayazo y transmití todo lo aprendido. Además conocí gente que me cambió el modo de ver la docencia en su momento, compañeros y estudiantes, aunque a decir verdad al final salí siendo el profesor más odiado del colegio en toda su historia, tanto por compañeros como por el alumnado, pero me quedo con los buenos recuerdos, recuerdos que tengo por algunas de mis estudiantes a las que aún tengo en mi memoria con nostalgia y cariño. Podría mencionar todo lo vivido ahí, incluyendo los encontrones con profesoras, pero no vale la pena.

Mis niñas de sexto y séptimo eran muy puras y nunca tuve problema con ellas. Me caían muy bien. Inocentes y trabajadoras, tenía una en especial que le encantaba el teatro, era una de las mejores del curso, pero la directora de ese curso la detestaba.
De octavo recuerdo que a uno de los dos cursos les regalé la materia, a todas las pasé porque todas me atacaron la clase, creo que fue en este curso que una de ellas se suicidó.
Las de noveno son las que más recuerdo, eran las más difíciles y problemáticas, pero a su vez, de las que aún recuerdo en su mayoría. Habían tres novenos y uno de ellos el más pesado para mí, con el que tuve más problemas y quizás, el motivo para que no me aceptaran al siguiente año.
Claudia Garzón fue, además de mi estudiante, mi amiga. Conocía mis secretos. Quedó embarazada años después de salir del colegio. Estuvo en casa comiendo alguna vez.
Gilma Patricia, Juanita Irina Sánchez y la otra que practicaba artes marciales. Iban de un lado a otro juntas, eran maduras para su edad. No sé nada de ellas.
Sandra y Paola Daza, eran muy amigas y me querían mucho, sobretodo Paola quien después pasó a llamarse David. Quisiera saber de ellas, pero las perdí. De Sandra Yamile supe que estaba en Australia, practicaba artes marciales.
Claudia Rodríguez, fue especial para mí en su momento, pero ella misma se alejó de nuestra amistad.


Mi Belkis, una de las últimas fotos que tengo
de mi viaje a Colombia en el 2007. La última
vez que nos vimos.
Belkis Carrillo fue, posiblemente, con la que surgió una amistad desde el primer momento. Era simpática y siempre tenía una sonrisa en su cara. Rubia, de ojos claros y un tanto gruesa. Con el tiempo supe que su familia era de escasos recursos y que por eso ella vendía dulces en el colegio o en algún semáforo. Era increíble que con tantos problemas ella siempre sonriera, no demostraba su dolor ni su mala situación.

En alguna reunión de profesores con la monja, supe que ella debía varias mensualidades del colegio, así que yo le pagué dos a ella. Le di el dinero para que lo hiciera. Creo recordar que debía 7 meses. No fue lo único que hice por ella, yo le regalé los tenis nuevos para educación física, una camiseta de VOA (Voice of America) y hasta un pantalón de esos que llamaban bicicleteros o chicles.

Era de admirar su modo de ver la vida, con tanta dificultad económica y siempre con ese optimismo, con su sonrisa que no hacía sospechar esa verdad que vivía. Una vida que conocí muy de cerca. Al año siguiente de trabajar en el colegio fui a su casa muchas veces, hablábamos por teléfono y nos veíamos mucho. Éramos Belkis y yo amigos de verdad. Reímos mucho, demasiado, también lloró en sus momentos de flaqueza y se enojó conmigo, pero seguíamos siendo amigos.
Al comienzo iba a su casa con temor por su mamá, no sabía cómo le iba a caer y creo que al comienzo no le agradé mucho. Pero ella y yo seguimos viéndonos, conocí su vida, sus problemas con sus hermanos. Quise mucho a mi amiga, a mi vaca, así le llamaba por sus tetas enormes y ella a mí me llamaba mi burrito sabanero.


Belkis y yo.
A veces le daba dinero, cuando entré a trabajar en el CED Don Bosco 4 llegué a ayudarla con dinero, fue ese año, el 2001 que ella quedó embarazada y el padre del nene nunca respondió. Fue un mal momento para ella, pero ahí estuve yo, su embarazo fue sufrido, lloró demasiado esos nueve meses. Su hermano la amenazaba y también lo hacía con su nene aún en el vientre. Muchas veces me llamaba de noche llorando contándome que su hermano le había pegado aún en embarazo o después de tener al niño. Me dolía en el alma no poder hacer nada, estaba impotente porque aunque yo trabajase, no ganaba mucho para ayudarla y a mi casa no podía llevarla porque ahí iban mis papás y mi mamá era muy cruel, dura e injusta. Una vez la encontró a ella en casa y la trató mal, le preguntó si era cajera del Tía (Un supermercado) o si trabajaba en la 13. No me gustó para nada eso, ya que mi mamá siempre dijo que mis amistades eran lo peor, no como las de mis hermanos que sí valían la pena. Ella solía decirme que mis amistades eran cajeras que nunca habían terminado el bachillerato o prostitutas de la calle 13 de Bogotá. Era normal esas humillaciones conmigo y me dolió cuando a ella la atacó de ese modo, pero mi Belkis siempre tenía esa sonrisa, era difícil quitársela.


Belkis y yo, ¿Alguien nota el aprecio que nos tenemos?
Cuando ella me llamaba llorando yo le decía que fuera a casa, ella se sentía bien conmigo en el apartamento. Una vez recuerdo que lloró, se desahogó como nunca estando embarazada
-       -   Yo soy una niña, Jason, soy una niña – Me repitió varias veces llorando.
Y tenía razón. Era una niña de unos 20 años con un sufrimiento en su historia. Ella no merecía sufrir de esa manera. Y maldigo la hora en no poder hacer nada más por ella. ¿Por qué su hermano la trataba mal? ¿Por qué? Esa noche, en el sofá de casa, me contó todo y abrazados lloramos, ella por su dolor y yo por no poder hacer nada, estaba de manos atadas.

Si me pareció el límite esa vez que llegó una noche con su bebe de brazos, tendría unos meses de nacido, ella llegó llorando junto con el nene que lanzaba alaridos. Venía de pelear con su hermano quien le había pegado un puñetazo en la nariz. Al niño logré calmarlo acostándolo en la cama grande, ahí quedó dormidito. Muchas noches que iba ella huyendo del ambiente de su casa, solía darle de comer o pedir algo al restaurante Chino para que ella saciara el hambre.

Reconozco que fueron tiempos duros para ella y yo me sentía mal por no poder hacer nada más. Quería sacarla de su casa, de ese ambiente desagradable, pero no tenía los medios a mi alcance, en cierta forma yo dependía de mis papás. Una noche me llama llorando con el bebe, pero no pude recibirla en casa, mis papás estaban ahí y no quería jodas con mi mamá. Ya estaba visto que mis amistades eran putas o gamines de la avenida Caracas de Bogotá. Aún así a ella le ayudé poco, ella me reconoció después que fui el único que estuvo con ella en esos duros momentos y durante el embarazo.

Llegó finales del 2001 y me vine a España a buscar nuevas oportunidades, ya que las puertas estaban cerradas para mí en Colombia. Fueron años difíciles, pero la cosa logré estabilizarla. Me comunicaba con mi vaca insaciable y estuve enviándole dinero para sus cosas, intenté darle una mano. Al ir en el 2007 me vi con ella y supe que 100 euros o menos se le iba rápido a ella, tampoco llegué a imaginar que estuvieran caras las cosas allá.
- Me alcanza para dos semanas de bus – Me dijo.

Y me dio un poco de vergüenza conmigo mismo. Decidí aumentarle la cantidad, pero eso nunca sucedió. Al regresar a mi sitio perdí los trabajos y la cosa se me complicó un poco a mí. Lamenté mucho no poder verme más con ella ese año que fui. La vi solo un día, hermosa como siempre. Con su sonrisa y ese espíritu optimista que emanaba. De verdad que la quería mucho y creo que ella lo sabía. Era mi amiga, de verdad que lo era y yo la adoraba demasiado a pesar de nuestros momentos de incomunicación. Por e mail, por Facebook y por teléfono. No me gustaba, odiaba llamarla y que me dijera que no estaba bien, eso me afectaba, detestaba eso, quería que me dijera que estaba muy bien, que sus malos momentos desaparecieron. Nunca se quejó de la vida, nunca la oí renegar de la situación y si decía que estaba mal era porque su situación no estaba mal, estaba peor. Su vida fue difícil y con malos momentos económicos. Una vez que la llamé me pidió dinero, solo me pidió eso, no usó un tono de tristeza, ni de súplica, ni nada de eso. Simplemente me pidió como amigo que éramos. Pero yo en ese momento no tenía ni podía.

Ella se molestó conmigo la última vez, hace unos años, cuando hubo el mundial de futbol, creo recordar, no le gustaba que hablara mal de Colombia ni de la selección, pero siempre dije que el futbol es de malandros, de matones y delincuentes. Quizás por eso ella se perdió de mi vida, pero yo seguía recordándola siempre, seguí queriéndola cada instante de mi vida, los momentos agradables que pasamos en Bogotá, las risas, las charlas de amigos, su sonrisa.

La busqué después de que se perdió, pero no la hallé. Por Facebook, por google y nada, estaba seguro de que me había bloqueado de su Facebook, pero hasta hace unos días supe que no, simplemente había eliminado su cuenta. Teníamos amigos en común, pero los borré con el tiempo, especialmente con la hermana del papá de Brethman, su hijo, porque ella se enteró de ello y celosa me regañó.

Cualquiera diría que estábamos enamorados, pero era solo
amistad, una gran y fuerte amistad a pesar de nuestros
silencios y largas ausencias.
Hace unos días empecé a buscarla de nuevo por Facebook, la busqué con su nombre completo, quitando alguno de sus dos nombres y así, pero nada de nada. Hasta que empecé a buscarla por google y vi su nombre. ¡Dios mío, ella no! Aparecía su nombre: Belkis Carrillo Hurtado (QEPD) en la página de jardines de paz. No creí que fuese mi amiga, mi vaquita linda. Era un homónimo, pensé e inicié mi búsqueda por internet sobre ella, busque en el Dane, en la registraduría a ver si era ella difunta. Hasta que decidí, después de horas y horas de búsqueda, de poner en Twitter, en google plus y Facebook ayuda para saber dónde estaba o si ella estaba muerta. Mi amiga debía estar viva, ella tenía buena salud, ¿A sus 36 años qué debía padecer? A menos que me la mataran, Colombia es un país inseguro y violento.

Se me ocurrió la idea de escribir preguntando si era ella. Esta fue la carta que les escribí a Jardines de paz:

Hola, soy Jason Tigreros y hace 16 años vivo fuera del país. Tengo una
amiga a la que le perdí el rastro, buscándola a través de internet veo
que murió el año pasado, lo cual me es difícil creer. Por lo visto
ustedes se hicieron cargo de su funeral. Mi amiga no tendría más de 36
años y quisiera confirmar si es la misma Belkis Carrillo Hurtado que
conocí.

Sé que ustedes protegerán los datos y esa información no la darán a
cualquiera, pero de alguna manera podrían despejarme esa duda? Anexo
una foto de ambos cuando fui de paso en el 2007.

Gracias por su atención y disculpen las molestias.


No esperaba a que me contestara y su respuesta fue esta:

Reciba un cordial saludo Sr Tigreros
La fallecida que se encuentra inhumada en nuestro parque cementerio, murió el 3 de enero de 2017, su nombre completo es Belkis Hebbe Carrillo Hurtado (QEPD); fecha de nacimiento 9 de mayo de 1980.
Como usted entenderá, no podemos suministrar mayor información respecto a la fallecida.
Esperamos que la anterior información le sea de utilidad
Atentamente:

Ver el Hebbe me tumbó, era mi amiga, mi vaca hermosa, mi vaquita linda. ¿Qué me le pasó a mi niña? ¿Por qué a mi Belkis? No, no lo creí. Necesitaba que alguien me dijera qué había pasado. Quería decirle que la seguía queriendo, que esta amistad era real, esta amistad iba a ser duradera, íbamos a vernos hasta en la vejez. La muerte es inevitable, algún día moriremos, ¿Pero así? ¿Tan pronto? Al día siguiente logré entablar comunicación con su familia, gracias a la mujer de jardines de paz. Hablé con su madre quien me contó todo. Lloramos mientras hablábamos, un sentimiento grande me dio cuando me dijo que ella me mencionaba mucho y que fui uno de sus grandes amigos. ¡Ufff! Eso me llegó al alma. Dejó un hijo que ahora su familia se encarga de él, pues su padre se desentendió de esa responsabilidad. ¡Ojalá pudiera ayudarlos! Y es que su situación económica sigue sin mejorar.


A mi Belkis siempre la quise, siempre te voy a querer. Fuimos buenos amigos, de esos que están en las buenas y en las malas. Te me fuiste y te agradezco esos momentos inolvidables que me diste y que se quedan conmigo hasta el día que yo haga ese viaje también. Te dije muchas veces que te quería y quiero que sepas que aún lo hago, que me dejas un dolor grande, mi vaca hermosa. Jamás pensé que la partida de un amigo me pateara tanto como la tuya. Tanto debo quererte para que esté como estoy ahora. Mi Belkis, mi niña, mi vaca linda, vete sabiendo que fuiste lo mejor que conocí. Para ti este recuerdo, estas líneas mientras me lleno de llanto. 


Belkis Hebe Carrillo Hurtado y Jason Tigreros.